Indignados y sin miedo, por Esther Vivas

Posted on 27 junio, 2011

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*Esther Vivas és membre del Centre d’Estudis sobre Moviments Socials de la UPF.

+ info: http://esthervivas.wordpress.com

El movimiento de los indignados, de las acampadas, del 15M ha sacudido con fuerza el panorama de la movilización social en el Estado español. Muchos han dicho que “nada volverá a ser como antes” y es cierto. La protesta ha irrumpido en la escena política, social y mediática siendo capaz de convertir el malestar, la desafección y el escepticismo en movilización y acción colectiva. Se ha perdido el miedo y amplios sectores sociales han dicho que “ya basta”.

Estas protestas llegan tras meses después de fuertes recortes sociales, de hacernos pagar a los sectores populares el coste de una crisis que no hemos creado, de renuncia de las direcciones de las principales centrales sindicales a movilizar. La crisis económica estalló a finales del 2008 y desde entonces la ofensiva neoliberal no han parado de intensificarse. En el Estado español, las políticas de ajuste del gobierno Zapatero, aprobadas a mediados de 2010, ponían de relieve, una vez más, su claudicación frente a los intereses empresariales y del “mercado”.

No en vano en la diana de los indignados y las indignadas, la clase política actual está en su centro. Una clase política profesionalizada, vendida a los intereses del capital y con importantes privilegios económicos. Las puertas giratorias, aquellos que hoy están en las instituciones y mañana al frente de las principales empresas del país, están hoy a la orden del día. Y por este motivo, desde las diferentes “plazas Tahrir”, que se han multiplicado en todo el Estado español, se reivindica otra política, una política desde la base.

La crítica contra el actual sistema bancario es otro de los leit motiv del movimiento. Un sistema financiero que se ha beneficiado de una crisis económica que él mismo ha creado y que ha sido rescatado por unos fondos públicos, socializando las pérdidas mientras que los beneficios continúan siendo privados. Una banca usurera, que ha dejado a miles de familias en la calle, sin hogar e hipotecadas de por vida.

La gran virtud de las acampadas es que han conseguido conectar con amplios sectores sociales, que se han sentido interpelados por estos jóvenes que han sido la punta de lanza de la removilización. La solidaridad con los y las indignadas ha sido una constante en el transcurso de estos días. Y la multiplicación de estas experiencias pone de manifiesto el relevo del malestar social. Unas “plazas Tahrir” que se han convertido en el epicentro de las resistencias sociales, solidarizándose con otros colectivos en lucha y llamando a converger.

Una nueva generación nace hoy de estas acampadas, diez años después de las primeras movilizaciones altermundialistas, cuarenta años más tarde de aquel mayo del 68. La revuelta nunca muere. Hoy florece de nuevo.

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