Cuadros Escoceses: ¿Qué es revolución?, Dices mientras acampas en la plaza con tu quechua azul.

Posted on 2 julio, 2011

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Por Javier Jiménez Cuadros.

Lo mejor de todo este follón de indignados, acampados y tunas de facultades de Veterinaria (¿qué otra cosa si no podrían ser los ‘perroflautas’?) es la cuestión filológica:

Corrían, al parecer, los 80s del siglo XX cuando la costumbre de dejar a los refugiados mezclarse con la población local fue sustituida por la creación de grandes asentamientos (campos) de refugiados.

Aquí, el nombre en castellano (aunque seguramente fruto de una mala traducción) está muy bien traído: si abstraemos ‘política’ de su referente original (esto es, la ciudad) para remitirnos a la nación; es de una elegancia increíble, llamar ‘campo’ a un asentamiento situado cerca de las fronteras o en las zonas mismas de conflicto (es decir, en los intersticios de las naciones) recordándonos la etimología de ‘campos’; esto es ‘explanada, terreno llano’ a las afueras (‘kampora’ en vasco, por cierto) de la ciudad, como el Campo de Marte en la Roma clásica.

No se piensen que la ‘cuestión filológica’ es algo de grises etimólogos que escudriñan legajos hasta altas horas de la madrugada; a la contra, es interesante porque por el camino que desbroza la filología transita después el meollo ideológico del asunto: en este caso, la transferencia moral que, en virtud del lenguaje utilizado, pretende emparentar (consciente o inconscientemente) nuestros ‘campamentos’ con todos los refugiados, los exiliados y los desvalidos del mundo. Algo no sólo de moral difusa, sino políticamente cuestionable.

Pero dejemos los asuntos filológicos, teóricos e ideológicos de lado, que son aburridos, saben a pastilla de caldo de pollo y hacen llorar a los niños, y por una vez seamos prácticos.

Por ejemplo, el otro día en elMundo, Quico Alsedo escribía un artículo en el que trataba de demostrar como el 15M había caído en cada uno de los ‘déficits democráticos’ que denunciaba.

Comentaba por ejemplo, que mientras se criticaba que los políticos crearan mil estructuras en su propio beneficio, en Sol se creaban la friolera de 42 comisiones (y no todas precisamente ‘necesarias’); mientras se denunciaba la corrupción, la comisión de asuntos ‘legales’ pedía auditar a ‘Comunicación’ por no-sé-que asunto; mientras etc.. etc… etc… y cosas por el estilo.

El argumento está forzado, no nos llevemos a engaño; pero nos enfrenta a una cuestión sustantiva: ¿No será eso que llamamos ‘democracia real’ una utopía impracticable? ¿No nos llevará la implementación práctica de todos estos principios (#cosensodeminimos y otras hierbas) a algo indistinguible de las democracias efectivas actuales?

Ese es el corazón de la alcachofa.

Lo cierto es que no lo tengo claro: en líneas generales creo que las movilizaciones alrededor de la ‘democracia real’ son un género de la conspiranoia: “lo que no nos gusta, es un asunto de voluntad y no de complejos equilibrios económicos, políticos e institucionales; y por tanto, si permanece es debido a que existen voluntades (¿plenipotenciarias?) que así lo quieren”. Y no sólo eso, cada vez que veo #acampadagranada pienso que es un chungo monumento a la nostalgia, a los tiempos en que la política venía en envases tamaño ‘nación’ y creíamos que cambiar el mundo era cosa de gritar en una plaza o buscar arena bajo el asfalto. It’s so nineteen sixties…

Pero pese a todo, me digo: ¿y si…?

¿Y si el mundo pudiera ser un mundo mejor, así, del tirón? ¿Y si éste fuera el momento? ¿Y si sólo basta con alargar la mano y cogerlo? ¿Y si todo lo que sabemos sobre ser humano (el mainstream de las ciencias sociales) fueran patrañas que no nos dejan ver el bosque?

En el fondo, como ven, soy un romántico; pero qué lejos queda aquel mayo, qué lejos Saint Denis, que lejos queda Jean Paul Sartre, muy lejos (1701 km y 43 añazos) aquel París.

No se preocupen que en seguida se me pasa.

*Ilustración: Ana Burgos

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