Tranquilo – Por Olivier Boigandreau

Posted on 16 enero, 2013

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No tengo carnet de conducir. Pero muchas veces cierro los ojos y cojo el coche mental para transportarme a pequeños recovecos donde el mundanal ruido se apague y permita así hacer sonar las trompetas de la nada que me dejen, de una vez, escuchar el “In Rainbows” de Radiohead y estar tranquilo…

Es curioso, dejadme que os cuente. El verano pasado hice un viaje por Portugal con tres amigos. Cogimos el coche desde Segovia, directos a Oporto. Cuando estábamos a una hora de la ciudad, encontré unos temas de dubstep en mi peneke y, el atasco que precedió nuestra llegada, lo pasamos dando botes dentro del vehículo. Llegamos, aparcamos y dimos con un bar, Casa Ferreira, donde nos esperaba lo más variopinto de la típica fauna de los bares de viejos. Bebimos Sagres como si no hubiera final, cantamos fados, luego salimos a buscar algún sitio donde bailar. Los bajos que nos hicieron mover las caderas otrora en el asiento todavía resonaban en nuestras posaderas, así que buscamos un refugio donde rechinaran esos ritmos endiablados y tribales que comienzan a adueñarse de las noches más oscuras. [Nivel de euforia: 7 de 10].

Hete aquí que lo encontramos. Lugar de deseo, excesos, libertinaje. Parecía un bar bastante normal, pero subir las escaleras conducía a un mundo de sombras, amnesias y cuevas. A las primeras de cambio encontramos el mismo M que a principios de año se había acabado en nuestro país. A las segundas de cambio encontramos un H que olía genial, y cuyo precio se tornó aún más apetecible cuando supimos que podíamos fumarlo dentro. La adrenalina la traíamos nosotros, los ritmos los ponía el tipo de la cabina y la cerveza fluía con apenas un par de monedas. Todo era de altos vuelos. Incluso nuestros pies se prestaron a subir unos peldaños sobre el vacío para amoldarse a lo que parecía más un sueño… [Nivel de euforia: 13 de 10].

… y luego se tornó en una especie de pesadilla lovecraftiana (por suerte, sin monstruos de nombres impronunciables)… El destino nos había regalado suave paradero donde comenzar nuestro recorrido por Lusitania, pero, casi sin darnos cuenta, quiso darnos un bofetón terrible y, en un despiste, unos Cristianos Ronaldos (no por portugueses, sino por chulos) nos birlaron algunas de nuestras chaquetas, además del bolso de uno de mis amigos, que contenía un par de gramos de kriptonita, el dinero del viaje y… las llaves del coche, ese baúl motorizado donde teníamos TODOS nuestros enseres.

De cien a cero en menos de lo que canta un gallo. Yo, gallo. Gallito, enfrentado a diez niñatos, como jamás haría en mi pacífico velero, gritando ¡DÓNDE ESTÁN NUESTRAS COSAS, CABRONES!, mientras ellos reían y balbuceaban ‘espanhois asquerosos’. Yo, impotente, solo podía mirarles con ánimos de combustión espontánea… Nuestro futuro se quedó sin luz. ¿Dónde coño vamos sin dinero y sin coche?. La noche la pasamos intentando reventar las puertas de una calle empinada para encontrar un lugar donde dormir. A la mañana siguiente descubrimos que todo eran comercios. Rua do Almada se llamaba. Nuestro alma rota. Ninguna puerta quebrada. Primos en la lejanía, idiotas timados sin una sola miga en los bolsillos… [Nivel de euforia: ¿Qué euforia?¿Qué mierdas dices?¡Si estamos perdidos y sin dinero en una ciudad desconocida en la que, nada más llegar, ya se tambaleaban las calles!].

Primera lección en un país extranjero: puede que te echen el ojo y te roben, por el simple hecho de ser extranjero, o del país vecino. Dichosas fronteras, ¡pero si yo amo a los franceses, amo a los portugueses! ¿Por qué odiarles? ¿Por la bandera? ¿Sirve para algo más que para limpiarse el culo? Inocentes… Segunda lección en un país extranjero: vuelve a donde llegaste, donde te cuidaron con la mirada pura.

Allí caímos de nuevo. Casa Ferreira. Señor Agostinho. Tomen algumas cervejas, e umas bifanas, decía. Tranquilidad. El techo, el hogar de repuesto, se encuentra en todo lugar donde uno tiene apersonas que saben respetarte, que son honestas. Agostinho nos prestó su dirección para que nos enviaran las llaves de repuesto (tuvimos que esperar confirmación de envío casi hasta la noche siguiente, porque el fin de semana se acercaba y quizá tuviéramos que esperarnos al lunes para recibirlas… ¡uf!). Nos cedió ‘su casa’, sin apenas conocernos, y nos salvó de la tristeza y confusión más absolutas.

Un día después llegaban las llaves e iniciábamos de nuevo nuestro viaje. Dos días de parón en Oporto, donde 4 de las 48 horas fueron fantásticas, 18 fueron casi un infierno y las restantes un gigante cúmulo de duda.

Pero hay algo que hace de esta experiencia algo para recordar, y no es la experiencia en sí, sino lo que vino después. Los siguientes nueve días viajando por la costa portuguesa están grabados a fuego en mis recuerdos. Es como si el hecho de haber caído a las llamas de la desesperación y haberse levantado, chamuscados pero vivos, hubiera despertado en nosotros la vital y electrizante alegría de la vida.

Ese ánimo que, en la rutina del día a día, muchos obviamos, como si lo que pasa delante de nuestros ojos fuera inevitable y, por lo tanto, indigno de nuestra atención. Como si no fuera maravilloso poder pasear, hablar, mirar, tocar o besar. Como si no tuviera magia el escribir, el cantar, el soñar o el tumbarse bajo el sol. Cada detalle de lo que pasó después del abismo de Oporto, cada esquina, cada calle, cada ciudad, cada playa, cada persona con la que interactuamos, está grabada también en mi pecho… Y me ayuda, a veces, a volver a saborear el día a día…

Es por eso que, para cerrar esta filípica, he de confesaros un secreto: Thom Yorke ha inventado una máquina del tiempo especialmente creada para mí. Sí, sí… Y es que, cada vez que pongo “In Rainbows”, el disco que trillamos en el coche durante el viaje a Portugal del verano pasado, logro transportarme a la sensación placentera e infantil que fluyó dentro de mí durante los restantes nueve días de viaje. Puedo verme sentado en nuestra cabaña de una playa kilométrica, puedo sentir las olas y la espuma avanzar sobre mi piel, puedo sentarme al lado del amigo con el que compartía la parte trasera del coche, junto a dos tiendas de campaña y una nevera llena de gominolas, puedo pasear por las bellas calles de Lisboa o Coimbra…

Y así, tras unos minutos, recordando como supe saborear el 100% de mis experiencias, abro los ojos y disfruto de mi presente, olvidando pesares, dolores, preocupaciones o prejuicios que hacen que no coja el sentido de la vida: que no es más que vivirla felizmente.

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