Pro.Fondo – Por Iolanda Casella

Posted on 22 mayo, 2013

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Era estate, immaginate la piazza: la gente accucciata sui sanpietrini, suoni umani e artificiali, di vita e chitarre, qualche percussione, bottiglie sparse, il solito via vai.

Nessuno e Tutti (i nostri protagonisti) non si vedevano da almeno una settimana. Nessuno era triste, aveva voglia di raccontare a Tutti il suo dolore. E cosi si erano incontrati.

 Seduti, sorseggiavano la loro birra, aspettando un po’ perché Nessuno aveva difficoltà a parlare, Tutti ad ascoltare. Ad un tratto il dolore di Nessuno si fece troppo evidente sul suo viso, così lo sguardo di Tutti si riempì di imbarazzo.

 In quel momento arrivò un uomo con le guanciotte rosse e grosse e il resto del corpo abbastanza scarno, poco curato e malinconico, leggermente ubriaco. In una condizione umana, insomma. L’uomo guardò Nessuno e Tutti e chiese loro di poter rimanere li a chiacchierare un po’. Voleva compagnia, parole, forse un sorriso.

 Ci fu un attimo di panico. Nessuno con umiltà guardò quell’uomo dicendogli che voleva parlare con Tutti, solo con Tutti. Nessuno disse che ora aveva bisogno di Tutti e che magari dopo avrebbero preso qualcosa da bere insieme…forse sarebbe capitato, ma ora no.

 Nessuno era davvero disperato come quell’uomo. Rimasero in silenzio per qualche minuto con gli occhi bassi e la mente chissà dove, quando l’uomo finalmente parlò rivolgendosi a Tutti dicendo che se ne sarebbe andato. Nessuno aveva lo sguardo talmente dolce e sincero tanto da meritare un po’ di tranquillità. Nessuno gli aveva regalato qualcosa.

 Così Nessuno e Tutti rimasero soli, parlarono. Di tanto in tanto videro quell’uomo saltellare da un gruppetto ad un altro: fra risa e scherno, l’uomo provava a sentire gli altri, ma passando accanto a duecento persone non riuscì a incontrare un solo essere umano.

* Traducción

Llegó el verano, imaginarse la plazuela: gente agachada en el suelo, ruidos humanos y artificiales, de vida y guitarras, alguna percusión, botellas sueltas, ir y venir, lo de siempre.

 Nadie y Todos (nuestros protagonistas) no se veían desde hace una semana. Nadie estaba triste, y tenía gana de contar a Todos su duelo. Fue por ello que quedaron.

 Sentados, bebían su cerveza, esperando un poco, porque Nadie tenía medio a hablar, y Todos a escuchar. Un rato después, el duelo de Nadie se hizo muy evidente, tanto que la mirada de Todos se llenó de vergüenza.

 En este mismo momento, llegó un hombre con las mejillas rojas y gorditas, y con el cuerpecito flaco, poco cuidado y melancólico, un poco borracho. En fin, en una condición humana. El hombre miró a Nadie y a Todos, les preguntó si podía quedarse un rato y charlar. Buscaba compañía, palabras, a lo mejor una sonrisa.

 Hubo un momento de pánico. Nadie con humildad miró a ese hombre diciéndole que quería hablar con Todos, solo con Todos. Nadie dijo que lo necesitaba, necesitaba a Todos, y que a lo mejor, más tarde, podrían beber algo juntos… quizá, pero ahora era imposible.

 Nadie estaba tan desesperado como ese hombre. El silencio los abrazó durante unos minutos… sus ojos mirando por el suelo y su mente viajando por otros lugares, hasta que el hombre habló a Todos para decirle que se marchaba. Nadie tenía la mirada tan dulce y sincera tanto de merecerse un poco de tranquilidad. Nadie le había regalado algo.

 Así Nadie y Todos se quedaron solos, y hablaron. De vez en cuando, dándose la vuelta, vieron al hombre pasar de un grupo de gente a otro: entre risas y desdén, el hombre procuraba escuchar a los demás, pero pasando a lado de miles de personas no consiguió encontrar ni a un solo ser humano.

 

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